Distilla Tzara

Fernando Aíta

Luis Morado

Ana López

Salva Insa

Javier Rodríguez

Matías Gey

Martín Lasalt

Mariana Rivero

Damián Huergo

Nicolás Manjón

Omar Meraglia

Mónica García

Natalia Zito

Laura Domínguez

Virginia Barceló

Distilla Tzara

 Nació en la Ciudad de Buenos Aires en 1985. A los 8 años empujada por las olas se mudó a la ciudad de Necochea. Anartista, inquieta, nómade, Cronopio. Actualmente cursa la Licenciatura en Artes Visuales en el IUNA, dicta talleres de encuadernación y viaja por el país en una Biblioteca móvil.

 Distilla Tzara ♥ flickr ♥

Struggle for life

 

Nos subieron a un tren y reparten

espadas, escudos, cascos, y formularios:

Yo lucho por ________________________

Yo lucho contra _____________________

 

Los más decididos rellenan sin pensar.

Otros pispean por encima del hombro.

Hay grandilocuencia y romanticismo,

hojas en blanco, tachados, enmiendas,

algo de humor y muchos nombres propios.

 

Igual, somos un ejército de mercenarios

al servicio de su majestad la opresora.

No hacen falta ni venias ni uniformes,

ni épica ni fe: se lucha y ya.

 

Amigos, parientes, vecinos, extraños,

cualquiera puede aliarse, dar batalla.

Vemos caer a cuántos y de frente march.

Llenarse de veteranos hospitales y hospicios.

Manchadas de eslóganes las paredes

de los fusilamientos.

 

Intentamos desertar y terminamos

en la vanguardia, explorando, abriendo

campo a los refuerzos. También

victorias, botines, y alegres vivaques.

Alguien talló: AMO A LA LUCHA.

 

Igual, la moral de la tropa está baja.

Cada cual es su propio enemigo.

Uno mismo se combate y derrota.

Y aquel que no lucha muere.

Así que...

Fernando Aíta

 

Nació en Avellaneda, Provincia de Buenos Aires, en 1975. Publicó Lengua extranjera (Edición de autor, 2012) y Épica chusma (Ediciones del Dock, 2007). Formó parte de las antologías Poesía en tierra (Fondo de Cultura Económica, 2005), Ensayos en vivo Vol. 1 (Ensayos en Libro, 2009), Mirate esta: cartas de películas (EEL, 2011), Himnos nacionales (Añosluz editora, 2014). Participa en varios proyectos (Ñusléter, GRaFiTi, Cámara Flashera...).

www.fernandoaita.com.ar

Luis Morado

 

Nació en Buenos Aires en 1955. Estudió pintura con Roberto Duarte. Es egresado de la Escuela Provincial de Artes Plásticas San Alejandro, La Habana, Cuba. Miembro fundador del Taller Experimental de Serigrafía “René Portocarrero” del Fondo Cubano de Bienes Culturales. Realizó exposiciones en Argentina, en Cuba y en diferentes países. Integra la comisión directiva de Xylon Argentina, sociedad de grabadores. Imparte clases en su taller.

http://luis-morado.blogspot.com

Noche

 

Haber estado en un naufragio o en una batalla es algo bello y glorioso; lo peor es que hubo que estar allí para estar allí.”

Fernando Pessoa

 

Era así: se oían los pasos, después se oían los gritos.

O quizás al revés: primero los gritos y después los pasos.

Enseguida se escuchaban las cosas rodar, como si alguien se hubiera puesto a jugar con bolitas de vidrio.

Por momentos parecía que volvía el silencio, pero eso casi nunca duraba.

La segunda vez los pasos eran más rápidos, más firmes. Los escuchaba desde su cama: alejarse y volver. El grito, ahora, era sostenido: un llanto.

Las primeras veces lo peor era el grito.

Había noches de puro grito, de puro paso, de puro cosas rodar por el piso, sobre su techo.

Otras noches se sentían los pasos, una caída, eso que rodaba.

O quizá al revés: los pasos, eso que rodaba, una caída.

El llanto, continuado, de fondo.

Algunas noches, después del llanto sobrevenía el silencio.

Entonces pensaba, por un segundo, que lo habían matado.

Aguzaba el oído.

Y a veces, si tenía suerte, escuchaba la canción de cuna.

Ana López

 

Nació en Buenos Aires en 1972. Es Licenciada en Letras y trabaja como productora de contenidos web y como profesora en la UBA y en el IUNA.

En 2011 fue finalista del Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo con "Diario".

Publicó relatos en La ficción es puro cuento (elaleph, 2012) y Relatos deliberados (Textos intrusos, 2013), en revistas y en su blog, miradapasajera

Su primera novela, Principio de necesidad (Textos intrusos, 2013) acaba de salir.

Salva Insa

 

Nací en 1969. Licenciado en bellas artes  BBAA Valencia.

Master en animación  BBAA  Valencia.

Ilustrador, artista plástico y animador.

Colaborador en fanzines y otras publicaciones.

Me gusta dibujar todo lo que se mueve y lo que no.

pinterest.com/salvetax/

Nuestro deber

 

Sintió un intenso olor a culo. Su nariz rozaba el ano y su boca abierta encajaba perfecta en los testículos. Un segundo antes lo había estado mirando fijo a los ojos, un empujón fue la fugaz transición a la diapositiva del techo. Su espalda golpeó contra el piso acolchonado. El otro, subido encima de él, formaba esa figura que un tanto por semejanza y otro por convención llamamos 69. Ahí, vulnerable, comenzó a responderse la pregunta ¿cómo llegué a esto?

No era la primera vez que peleaban, pero sí la primera que no habían seguido el curso normal hacia la reconciliación. El desvío, un mensaje de ella: tomamos 1 café en 25 d Mayo y Mitre a las 8?. Se imaginaba lo peor. Adivinó. No dio muchas vueltas, que ya era suficiente, que hacía un tiempo que lo venía pensando, y que hacía un tiempo (menos, mucho menos) había conocido a alguien, que no había pasado nada, pero que sentía cosas por él. Siente cosas, pensó, co-sas, y comenzó con las promesas y súplicas de rigor, sostenidas en la incredulidad que da saberlas inútiles.

Te vendría bien hacer algún deporte, le aconsejó esa misma noche su hermano. Una noticia en internet proponía “Diez estrategias para salir de la depresión”, la primera aseguraba que cuando nos deprimimos hablamos y nos movemos más lento y para nuestro cerebro la vida pasa en cámara lenta y refuerza la depresión. Para romper ese círculo vicioso hay que hacer actividad física. La depresión es algo contra lo cual se puede luchar. Ser feliz es una opción pero es también nuestro deber. Y el imperativo tuvo eco: le pareció ridícula la idea de sumarse a algún picado, pero no la representación hamsteriana de encerrarse en paredes de vidrio y correr y pedalear en el lugar. Un cartel en la puerta del gimnasio llamó su atención, más precisamente la vestimenta de los de la foto. Al otro día estaba teniendo su primera clase de Lucha Olímpica. Media hora después, acostado en el piso, con los huevos en la boca, ya tenía la respuesta.

Javier Rodríguez

 

Estudió Ciencias de la Comunicación en la UBA. Trabaja como docente y colaborador periodístico. Dirige la revista de cultura, arte y comunicación Efecto Kuleshov

Norma

 

Estaba más flaca que nunca. Le picaba la piel por el contacto continuo del catre. Los restos de comida en los platos se habían echado a perder. Había tirado el celular a la cuneta dos semanas atrás. Sólo el gato había ido a buscarla. Se cansó de maullar y rascar la puerta y dejó de venir.

 No podía ni respirar de la tristeza. Y no era que Héctor hubiera muerto. Ella igual vivía sola desde hacía añares. Bueno, sí era eso. Y también que los hijos no vinieran durante la enfermedad, y ni siquiera cuando murió. Pero la suya era una tristeza más vieja, de toda la vida.

   Un rayo de sol atravesaba el techo y tocaba el piso de tierra. Cantaba la chicharra. Alguien martillaba en los ranchos de enfrente. Volvió a sentir la vieja culpa de no salir. La madre le decía "Normita, salí a jugar", y ella salía para no desobedecer, pero no jugaba, se escondía. Pasaba las tardes escondida. “¿Cuántas tardes?”, se preguntó, y no pensaba en las de su infancia, sino en todas las tardes.

 Tenía sed. Se sentó, agarró la botella de plástico y bebió. Todavía le quedaba un cuarto litro. Después de eso, nada. No había agua en la canilla. Iba a tener que salir a buscar al caño de la esquina. Incluso traer un balde para echar en el baño. Las moscas volaban como borrachas en medio del rancho. "Toy vieja", dijo. Sólo ella se podía entender. La voz le salía en un murmullo desdentado. "Toy viejita". Se tocó los dedos contando despacio: "Diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta. Sesenta años, Normita". Se pasó la mano por el pelo. “Tas viejita, Normita".

 Se olvidó de desear que la visitara un hijo, de ver a un hijo aunque fuera de lejos. Hasta se olvidó de pensar en Héctor. Se cerró la camisa. Tendría que bañarse, limpiar, conseguir otro teléfono. No le importaron todos los días que pasó sin moverse del catre. Abrió la puerta. Se encandiló con el sol y liberó una sonrisa. Allí estaba el sauce, suave y verde, y el gato sobre el muro.

Matías Gey

 

Nació el 14 de noviembre de 1976 en Buenos Aires.

Estudió en la Escuela de Bellas Artes Carlos Morel de Quilmes.

Es diseñador gráfico.

Participó en algunos fanzines en la década del '90.

facebook.com/al.margen.39

facebook.com/pages/Al-Margen-Página/

Martín Lasalt

 

Nació en Montevideo, Uruguay en 1977. Estudió Diseño Gráfico, Comunicación y Bellas Artes, donde trabajó sobre todo lo audiovisual. Cuenta con algunos premios y menciones en concursos nacionales de narrativa. Desde hace un año participa en al taller literario de Carlos María Domínguez y Rosario Peyrou. Actualmente trabaja en su segunda novela.  yoniyoniyoni.blogspot.com E-mail: martin

Adios a la lucha. Bienvenida la comodidad

80 kilos de plumas

 

Hace siete años ininterrumpidos que nado. En el único período que suspendí, terminé en un hospital. Entré al quirófano doblado como un paréntesis. Los tres médicos que me observaron me dieron diagnósticos distintos. Sólo acordaron que no podía tomar calmantes. Mi panza se movía aun boca abajo en la camilla. Sentía que estaba por parir un alien.

La operación es exploratoria, me dijo el cirujano con el mismo tacto que te mete un dedo en el culo un proctólogo. Se aseguró de que el trip de la anestesia funcione y me hizo firmar la autorización. Al despertar, la enfermera me dijo que tuve una obstrucción intestinal. Querés ver, me preguntó mientras sacaba un celular del bolsillo del ambo. En la filmación se veía mi panza abierta y al cirujano sosteniendo una esfera viscosa, similar a una bolsa de chinchulines freezada.

Cada vez que me desnudo en el vestuario, veo la cicatriz que me divide en dos. Y pienso que esa bola sí debe haber sido un alien. Uno de esos bichos marinos que necesitan estar bajo agua para sentirse en hábitat. Para no despertar a potenciales crías sigo nadando. Crol, mariposa, pecho, espalda. Se me ensanchó la espalda y endurecieron los bíceps. Sin embargo, lo que siguió creciendo fue mi panza. El motivo también es líquido. No pasa un día en que no destape una cerveza.

Los días que despierto con resaca no pruebo con uvasal, ibuprofeno u otro bálsamo de la industria farmacológica. Como si fuese ese alien acuático, voy a nadar. Son los días que entreno con más intensidad. Llego al club con el cuerpo molido, las ojeras escalonadas y los reflejos adormecidos.

El agua tibia me recibe como un abrazo. Antes de ponerme las antiparras nado un largo subacuático. Cuando saco la cabeza tengo la sensación de haber atravesado un túnel. Luego nado hasta que la resaca va desapareciendo. A las dos horas termino con el cuerpo agotado. También lo siento pesado. Un peso distinto. Al fin y al cabo, sabemos, ochenta kilos de plumas no pesan lo mismo que ochenta kilos de mierda.

Mariana Rivero

 

Nació en Buenos Aires en 1978.

Es profesora de Artes Visuales especializada en Escultura.

En 2009 formó el grupo SALE (grupo extinto de arte callejero).

Desde 2002 participa de muestras individuales y colectivas en el país y el exterior.

Es artecorreista y muralista cuando la docencia la deja.

Damián Huergo

 

Nació en 1983. Es sociólogo, docente y reseñista precarizado. Participó en diferentes antologías y colabora en medios gráficos y digitales. Publicó el libro de cuentos Ida. Escribe ficción y tuitea desde @damianhuergo

Nicolás Manjón

 

Nació en Buenos Aires en 1982. Es Diseñador Gráfico y Artista Visual. Ha desarrollado ilustraciones para libros infantiles, historietas, marcas e identidades gráficas para diversas entidades en sus diez años de carrera. Actualmente es director de arte en un estudio de videojuegos. Docente de Morfología en FADU y realiza dibujos en vivo con proyección en diversos lugares de Buenos Aires junto a diferentes músicos.

Nicolás Manjón en Flickr

Luche y se va

 

“¿Dónde luchaste abuelo?” Le pregunté un día cualquiera en el geriátrico a la espera de que su senilidad eligiera el camino del relato.

Me miró y se mordió el labio, estoy seguro que entendió que le estaba tendiendo una trampa, pero lejos de amilanarme con la crueldad planteada, le hice una sonrisa tipo Mona Lisa. Entrecerró los ojos, levantó su índice, lo apoyó en mi frente y empezó a bajarlo lentamente por mi nariz contorneándola con prolijidad hasta llegar a los labios. Se detuvo como pidiéndome un silencio respetuoso. Movió la cabeza de lado a lado, acercó su cara a mi oído y despacio me regaló su última expiración.

Sin inquietarme lo acomodé nuevamente sobre el respaldo de la silla, le pasé la mano por su escasa cabellera y cuando ya pensaba que se había ido sin luchar, me devolvió –como en un rictus- la sonrisa de Mona Lisa.

Omar Meraglia

 

 Es porteño no asumido. Ha sobrevivido con el periodismo durante casi tres décadas pero tal vez su mayor talento sea la adaptabilidad, motivo por el cual escribe sobre diversos estilos y temáticas. No cultiva el profesionalismo, sino la audacia.

Omar Meraglia

Mónica Luisa García

 

Artista Visual. Performer. De formación independiente

Actualmente esta trabajando sobre símbolos, religión y geometría sagrada  aplicada a las artes visuales y a los estados no ordinarios de conciencia.

Silencio, portazos o gemidos

 

Cuando era chica creía que las luchas de Titanes en el ring eran en serio. ¿No te das cuenta de que saben caer?, decía mi hermano con ese tono que me hacía sentir invariablemente estúpida. No se fingen las peleas, le retrucaba en mi cabeza de 8 años.

Si hay gente que sabe caer, seguro no son mis vecinos. A veces me da ganas de declararles el knock out. En Titanes en el ring, el árbitro tenía que dejar caer el brazo del vencido sobre la lona tres veces, era knock out si no podía detener la caída.

Pelear es creer en la posibilidad de no caer. Lo difícil es reconocer cuándo caes. Sin el golpe es volar y con el golpe, caíste. A veces el tiempo lo cambia todo. Novio y marido son dos momentos de la misma persona, sin embargo cuando se convierten en maridos son como la coupé Fuego, los miras y recordás la onda que tenían en los ’80. El vecino por ahora, podría ser un Suzuki Fun o un Ford Fiesta. Tiene la potencia de un Audi, pero ningún profesor de yoga da para Audi. Pelean casi siempre a la noche, a eso de las once. Primero es silencio, y de la nada, una puteada, después otra y luego otra y silencio de nuevo, portazos o gemidos. Me gusta cuando terminan cogiendo, me entusiasmo y se me van las ganas de declarar el knock out. Pero también desconfío, pienso que no peleaban en serio, que estaban jugando. Si terminas cogiendo no te separas, eso yo lo sé muy bien. No hay nada más serio que jugar, dijo mi psicoanalista cuando le conté que había empezado una nueva relación jugando y me la estaba tomando en serio. ¿No te das cuenta de que caen en serio?, podría retrucarle a mi hermano hoy, que cargué casi 30 años a aquellos 8, un hijo, un divorcio, dos mudanzas y alguna muerte. Saber caer es jugar en serio.

Tengo identificados tres finales posibles en las peleas de mis vecinos. El portazo, el silencio y la cama. El silencio es a veces el sonido de mi televisor, pero eso es silencio al fin.

Natalia Zito

 

Escritora, psicoanalista y periodista cultural. Autora de Agua del mismo caño (2014) Pánico el pánico. Mención especial en Concurso Itaú Digital 2012 y Jurado Comité de Lectura del mismo Premio en 2013. Primer premio Concurso Microrelato Ed. Outsider 2011. Escribe para Escritores del Mundo y Espectáculos de acá. Publicó en Lamujerdemivida, Anfibia, Casquivana, La Única Revista, Leedor. No puede vivir sin escribir: escribir o reventar

En Twitter es @zetadepalabra

María Laura Domínguez

 

Nació en 1981 en Buenos Aires, Argentina.

Es Licenciada y Profesora en Artes Visuales, egresada del Instituto Universitario Nacional de Arte.

Trabaja con video producciones, instalaciones y objetos entorno a la construcción de la identidad, las tramas genéricas y genealógicas.

Abrir fuegos

 

sangra agosto otro atardecer

último aullido del día

asesinado en pleno cielo

 

¿qué crimen esconde la belleza desencajada de tu gesto?

¿qué late dentro de esos puños apretados?

¿canto de guerra? ¿grito?

¿el mismo hambre de los que hicieron las cosas por primera vez?

 

ecuación imposible del ser buscando cimas

hamacándose entre la sed y la fiebre

intemperies siempre renovadas

son tu campo de batalla

 

el infinito está tratando de decirte algo

la poesía es una canto de guerra

un grito

el hambre de los que hacen las cosas por primera vez

 

habrás sanado tu niño maltratado

pero no resumas los colores de tu cielo

que se desgarra para que puedas vislumbrarte.

 

Virginia Barceló

 

Es licenciada en Letras de La Universidad de Buenos Aires.

Se forma en teatro en los estudios de Pompeyo Audivert y en danza butoh con Rhea Volij.

Sus poemas han recibido el primer premio de poesía otorgado por la Casa de la Cultura Marcelo Pais en San Marcos Sierras y el segundo premio del Concurso Roemmers en la Fundación Victoria Ocampo.

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